Relatos Cortos

Yazco ante ti

Yazco en el suelo. Hace frío. Me rodea un erial congelado. No recuerdo cómo he llegado hasta este lugar. Me doy cuenta que además estoy desnudo. Hace tanto frío que me acurruco para intentar soportarlo. Voy a morir de frío. Se me están entumeciendo todos los músculos del cuerpo. Hasta los huesos. Voy a morir de frío. Espero con una terrorífica resignación a dejar de sentir mis extremidades. Cuando no sienta los brazos ni las piernas sabré que la muerte llegará poco a poco de una forma serena y terrorífica. La muerte por congelación es como una madre que arrulla a su pequeño para calmar su llanto y dormirle en su regazo. Una muerte dulce. Me dejo mecer por la muerte.

No. No moriré. Soy un ser inmortal. Pero puedo experimentar algo parecido a la muerte, como hacen algunos de mis congéneres practicando el Somnium. Me dejo entonces llevar por el frío mortal que traerá su dulce y helado sopor. Mi cuerpo está dejando de temblar, poco a poco mis miembros agarrotados dejan de pesar y una agradable sensación recorre mi interior. Ya no siento frío. Ya no siento nada.

Un momento. Sí que siento algo. He dejado de sentir frío porque ya no tengo frío. Tengo… Tengo algo que estoy abrazando. ¡Tengo un bebé en mi regazo! ¡Por el Manto del Caminante! ¡Es un bebé….! Y es precioso. Lo observo con admiración e incredulidad. El bebé hace como que quiere coger mi cara con sus manitas y no lo puedo evitar, lo abrazo y lloro. Lloro por mi raza. Por mi estéril raza. Pero este bebé es la prueba de que aún hay esperanza. Este bebé permitirá sobrevivir a la raza Azur. Tengo que encontrar a los padres. Conocerles y… hacerles pruebas. Tengo que averiguar cómo han conseguido traer a la vida a un bebé azur… Me levanto y me intento orientar. ¡Tiene que haber algún asentamiento imperial por aquí! El bebé no ha llegado a mis brazos así como así. Espera. Algo no va bien.

Miro al bebé. Ya no intenta cogerme la cara con sus manitas. No se mueve. Está frío. Helado. Parece que duerme plácidamente. Su cuerpecito perfecto se me escurre entre los dedos convertido en polvo. Dos ríos de lágrimas recorren mi rostro. Todo está perdido. No hay salvación para el Imperio. No hay salvación para la Raza Azur.

Vuelvo a sentir un frío mortal. Aunque tengo la certeza que no moriré. Quizá se ablande mi consciencia y mi cuerpo permanezca inmóvil aquí mismo por eones. Pero no moriré. Es una certeza terrible en nuestra raza. Si tuviera un cuchillo me lo clavaría en el corazón: clavar y girar. Es la única forma, porque decapitarse uno mismo es bastante difícil. Clavar y girar, clavar y girar… Miro mis manos ensangrentadas aguantando un cuchillo que está clavado en mi pecho (clavar y girar). Retiro mis manos. El cuchillo está clavado hasta la empuñadura. Una empuñadura de lo más vulgar, por cierto. ¡Maldita sea! Podría haber pensado en algo más labrado, más ceremonial para la ocasión, al ser lo último que vean mis secos ojos.

Cada vez tengo más frío. Mis rodillas se doblan contra mis deseos. Siento que mi voluntad se escapa por el agujero del pecho y el frío abrazo de la muerte que viene a arrullar en su seno. Me dormirá hasta convertirme en un frío cascarón vacío.

¡No! ¡No es posible que haya llegado tan lejos y termine así con mi propia vida! ¡Con mi propia inmortalidad! ¡Soy Angudor, Maestro de los Arcanos, la Luz del Imperio! ¡Yo jamás atentaría contra mi vida! De hecho, yo fui quien instó al Imperator para que legislara contra el suicidio. ¡Ni mi nombre ni el de mi familia jamás serán borrados de la historia Azur! Esto tiene que ser un truco. ¡Sí! Es un subterfugio mental para debilitarme y ponerme a merced de alguien o algo. ¡Un enemigo! Seguro. Pero aún me queda voluntad y enfoque suficiente. ¡No desfallezco! ¡Muéstrate! ¡Muéstrate, te digo! ¡Te lo ordeno: sal de mi mente! Horror inmundo, ¡yo te conjuro!

La realidad del yermo que tengo ante mí se dobla, cede y aparece una mano enorme que se abalanza sobre mí y me aplasta contra el suelo. La mano tiene pústulas que supuran tanto que parece que hierven. La mano se retira y tras ella aparece un brazo. Y tras el brazo, una cabeza encapuchada, una enorme e irregular joroba y el resto del cuerpo de un ser cubierto por un oscuro y ajado manto que oculta su rostro. La mano izquierda se apoya sobre un cayado. El conjunto se asemeja a una casa en ruinas: grande, vieja y tenebrosa.

— MUESTRA MÁS RESPETO CUANDO ESTÉS ANTE TU DIOS.

Abro los ojos tanto como me lo permiten mis párpados. Cuando su terrible voz pronuncia mi nombre siento Su Presencia en todo mi ser. Toca mi alma.
Más bien, la manosea.

Foto original: Breanna Galley