Relatos Cortos

Partos

Ellalán se quitó el mandil de cuero para lavarlo en el riachuelo. Después hizo lo mismo con sus manos. Le costaba trabajo quitarse la sangre seca de las uñas. «Todo termina saliendo. Sólo es cuestión de esforzarse más». Sonrió al recordar las palabras de ánimo que solía decirle a las jóvenes primerizas que ayudaba a dar a luz. Hoy había asistido a tres partos.

El último fue especialmente difícil: venían gemelos y ambos con el cordón umbilical alrededor del cuello. Tenía poco tiempo porque la madre también estaba en peligro y no podía disponer de las herramientas del área sanitaria de la torre. Tenía que apañarse con lo que hubiera en aquella pequeña y mugrienta choza de adobe. Aunque también contaba con sus habilidades de Imposición. Enfocó su Voluntad en desenredar a los gemelos y sacar primero al más débil. El segundo le costó más a la madre, pero a Ellalán no le preocupó porque el peligro había pasado. Claro, todo esto no se lo ha dicho a los padres, para no preocuparlos en la felicidad con sus nuevos vástagos. Después de que expulsara la placenta, introdujo los dedos en su útero y le colocó un cameto, un pequeño dispositivo de monitorización. Éste había sido un parto excepcional: ¡Gemelos! Y como muchos otros a lo largo de los años creía conveniente hacerle un correcto seguimiento de su aparato reproductor. El dispositivo cumpliría dos funciones: por un lado, le enviaría información clínica constantemente (análisis de niveles, cambios fisiológicos y morfológicos y un montón de parámetros en los que tendría la esperanza algún día de encontrar la respuesta a la investigación que le había traído allí). Ellalán guardaba con gran secreto la segunda función que cumplía el dispositivo. También tenía que ver directamente con el objeto de su misión, aunque no estaba segura de contar de la aprobación del Consejo de la Expedición. Pero si tenía éxito, todo el esfuerzo habría valido la pena. El cameto tenía la forma de media esfera del tamaño de la mitad de la punta de un dedo, totalmente inocuo y se disolvería con el paso de los años.

No se olvidó tampoco de colocar a los recién nacidos los parches de vacunas, vitaminas y un pequeño monitor subcutáneo. A los tres meses se desprendería solo. Ellalán no compartía que los padres guardaran estos parches como si fueran reliquias, sin embargo para ellos era un bonito recuerdo que conservarían de ella, un regalo simbólico de la Eterna Cuidadora que les había ayudado a traer al mundo a sus hijos.